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Lo que el ojo no ve

Estaba tranquilo, asomado cómodamente desde la ventana, absorto en sus pensamientos mientras daba las primeras caladas del cigarrillo. Desde allí observaba el escaso movimiento de su tranquila calle: un joven apoyado en un coche hablando por teléfono, una pareja que cruzaba la calle en su dirección… Vio a su anciana vecina salir con el perro del portal.

Dio unos leves toques al tabaco de su mano para dejar caer la ceniza y miró hacia el horizonte. Pasados unos segundos sintió un súbito ardor en su interior y una pequeña convulsión que le hizo soltar el cigarro. Aquella sensación extraña fue interrumpida por el saludo de un hombre, un conocido del barrio, desde el otro lado de la calle, mientras aquél caminaba. Intentando mantener la compostura por el sobresalto y pretendiendo que no se le notase el susto que su cuerpo le había dado, impostó una forzada sonrisa y devolvió el saludo levantando la mano. Siguió mirando al receptor de su saludo hasta que este apartó la mirada y continuó su camino. En ese punto un árbol se interpuso entre ambos y ya no volvió a ver al hombre.

Aquella maniobra carecía de sentido, es como si se hubiese parado de repente tras el tronco, intentando ocultarse. «¿Se estaba escondiendo? ¿Por qué iba a hacer aquello sin ninguna razón?». Se inclinó a izquierda y derecha intentando obtener la perspectiva que le permitiese verlo, aunque fuese un brazo, una pierna o la cabeza asomando. No era posible, el margen que le daba su ventana era muy estrecho para lograr un mejor ángulo.

Empezó a encontrarse incómodo puesto que tampoco le abandonaban ni el ardor y ni un molesto cosquilleo que comenzaba a sentir por todo su cuerpo. Se preguntó si nadie más había visto lo que estaba haciendo aquél tipo y cuando quiso comprobarlo vio que en la calle únicamente quedaba el joven que hablaba por teléfono. Su vecina ya no estaba y la pareja se había esfumado. No entendía nada y empezó surgir una inquietante furia. Quería gritarle al joven, pero la voz no salía de su garganta y este tampoco le tenía por qué hacer caso, estaba ocupado charlando mientras jugueteaba con algo entre sus manos, lo lanzaba al aire y lo recogía, hasta que se le cayó. Se acuclilló para recuperar el objeto, quedando tapado por el coche en el que estaba apoyado. No volvió a asomar.

En aquél instante, con los ojos clavados en la calle vacía, se dio cuenta. El joven, como todos los demás, había dejado de estar su campo visual y se había desvanecido para siempre. El grito que había contenido, como el agua en una presa al romperse, escapó repentinamente.

Su mujer y su pequeño hijo acudieron corriendo al salón con preocupación. Al llegar, lo encontraron con una expresión retorcida, reclinado en la ventana. Él se giró hacia ellos y titubeó una mala explicación de lo que acababa de ver mientras gesticulaba exageradamente ante las miradas confusas de los dos. «Otra vez con tus bromas raras… A ver si te controlas que vas a traumatizar a tu hijo.» dijo ella, al cabo de un momento mientras daba media vuelta hacia la puerta.

En el breve lapso de tiempo en que su mujer se aproximaba a la puerta del salón, reparó en que si salía de allí, desaparecería. Mientras ella giraba hacia el pasillo, corrió en su dirección intentando agarrar la mano que ella había posado en el marco de la puerta al salir. No llegó a tiempo y eso es lo último que vio de ella. Y ahí le sobrevino el vacío. Su estómago dio un vuelco al darse cuenta de que, al reaccionar de aquel modo, tan solo unos pasos más allá, había dejado atrás a su hijo.

«¿Es así como va a ser todo? ¡Estupendo pues así será! ¡Joder que sí!» dijo cuando tomó una determinación, con voz afónica y tras haber golpeado las paredes con fuerza, chillando y maldiciendo, inmerso en rabia.

Se dirigió con firmeza a la cocina y cogió las tijeras del cajón, las apoyó con un golpe seco en la encimera, sujetándolas abiertas y acercando la cara a las puntas, un filo para cada ojo, mientras lloraba por lo que acababa de perder.

Cuando estaba a punto de proceder, oyó ruido de voces, probablemente de vecinos suyos alertados por el escándalo. Esto lo detuvo lo suficiente como para permitir que sus pensamientos fluyeran: «¿Y si no es suficiente? ¿Y si no lo hago bien y esto no acaba aquí? ¿Y si hay otra alternativa?».

Soltó las tijeras y caminó pasillo arriba y pasillo abajo, derrotado, abatido, con las manos en la cabeza, sin terminar de encontrar un sentido para tanta locura. Un leve reflejo le distrajo al pasar junto al baño. Supo qué iba a hacer.

Entró con la cabeza baja y lentamente la subió hasta que se encontró con su propia mirada en el espejo. Vio a aquél hombre, que minutos antes lo tenía todo y ahora no sabía lo que le esperaba en el próximo segundo. No sabía si habría algo al otro lado, o simplemente lo borraría todo con él. Y dio un paso a un lado.

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